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Bienvenidos :-) Los textos, pinturas, dibujos, crafts y fotografías que veis por aquí son de mi autoría, a menos que se indique lo contrario. Podéis tomar lo que queráis,
pero indicad, por favor, el lugar de procedencia. Gracias a todos por ser, gracias a todos por estar.


Welcome, all these paintings, drawings, crafts, texts and photos were created by me. I hope you enjoy them :-) You can take them if you want to, but, please, just add my name or a link to my site. If you need a translator, you have it on the right, in the sidebar.


Thanks a lot for being here.




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29 noviembre 2011

La mirada del abismo





“Cuando miras el abismo, el abismo te devuelve la mirada”
Friedrich Nietzsche



Cuando era pequeña estaba obsesionada con los precipicios. O con cualquier otra cosa que se le pareciera y que provocara el mismo antiguo respeto. Solía dibujar acantilados y soñar con ellos. En mis pesadillas a menudo caía desde alguna alta cima sin llegar nunca al fondo. Me ponían nerviosa los objetos colocados muy al borde del fregadero, de la mesa o de otros muebles y me pasaba el día dando empujoncitos delicados al vaso, la galleta, el azucarero, al libro abierto siempre por el párrafo en que la Sirenita consigue sus piernas. Los empujaba hacia el centro con la noble intención de alejarlos del “precipicio” y lo mismo me ocurría con los bibelots y todas aquellas figuritas de porcelana barata que adornaban con su exquisita frialdad las estanterías de los setenta. De alguna forma extraña creía sentir su miedo a caer.

Pero el temor se desbocaba cuando se trataba de mis juguetes, de mis muñecas. En aquella época era costumbre colgar los muñecos en la pared, algo que yo consideraba no sólo un síntoma de mal gusto sino, directamente, de desequilibrio mental, una de tantas aberraciones disfrazadas de costumbres. Nunca me he llevado bien con las modas que no me caben en la cabeza. Cuando visitaba alguna casa donde había muñecas en las paredes, una afilada opresión me cercaba la garganta, como si mi cuello estuviera también rodeado por una fina cuerda anudada a una alcayata igual que los gaznates de aquellas pobres muñecas que me miraban con el vacío hacia dentro y las pestañas empolvadas. Parecían presos cumpliendo una condena ejemplarizante lanzándome una súplica ahogada en plástico y goma, algo que me erizaba los vellos de la nuca. Y quería irme.

En mi casa nunca hubo muñecas colgadas de la pared, y, cuando, por falta de espacio, nos veíamos obligados a colocarlas en estanterías muy altas, yo siempre tomaba la precaución de ponerlas sentadas, con sus rígidas piernas abiertas en un severo ángulo agudo que les confería cierto aire artrítico o marcial. No quedaban muy elegantes, pero estaban más seguras y, pensaba yo, también “se sentirían” más seguras. Porque realmente me ponía en su lugar y me preguntaba qué pavorosa náusea debían sentir al verse en un lugar tan alto, tan incapacitadas para huir, tan inestables, tan rígidas, tan indefensas, observando las baldosas del suelo a una distancia injusta, abisal… Todavía no había leído a Nietzsche, pero sabía que el abismo puede ser hipnótico y también sabía que el más ligero golpe en la base del mueble bastaría para hacerlas caer y esa idea me aterraba.

Llegada la noche, cogía las muñecas que adornaban mi cama durante el día y las tumbaba a los pies de la misma. “Estando tumbado no te puede pasar nada malo” pensaba ingenuamente. Más tarde las zarpas del Tiempo me lanzaron a mil kilómetros de mi error con un solo giro de tuerca y en una sola noche, pero por aquel entonces, antes de acostarme, dedicaba siempre unos minutos a cumplir el ritual “de la seguridad” que me había autoimpuesto: tumbaba a las muñecas sobre la cama, allí donde mis pies pudieran tocarlas estando acostada. Ponía la de mayor tamaño en medio, las otras dos a sus costados para que se sintieran acompañadas, y las cubría cuidadosamente con la ropa que debía ponerme al día siguiente. Cuando las veía así, tan cómodas, con sus ojos de bola cerrados por una ley mecánica que yo desconocía, cubiertas con mis pantalones, mis bufandas y mis jerseys de lana gorda que tejía mi madre, pensaba que nada en el mundo podía albergar tanta serenidad.

Víctor Hugo escribió que cuando un niño rompe un juguete es porque está buscándole el alma. Yo no necesitaba romper nada, de hecho nunca rompía mis cosas, me hubiera dolido tanto como romperme yo misma. Los juguetes me transmitían su alma a través del hilo sutil que me unía a ellos por el sólo hecho de pertenecerme. Una transfusión de alma, de muñeca a niña, sin necesidad de tubos lacerantes ni agujas, sólo en función de una empatía tierna e insólita de la que aún hoy, treinta y cinco años después, no he podido librarme del todo.

Después, ya acostada, arropada hasta la nariz por mi enemistad con lo oscuro, mientras decía mis oraciones de memoria, pensaba en la humilde estatuilla de escayola que colgaba de la pared entre mi cama y la de mi hermano. La Virgen María rezaba allí, pequeña y recogida, tocada con un manto celeste y con las manos cruzadas sobre el pecho de donde brotaba un ramo diminuto de dos únicas flores rosadas. María miraba al suelo lejano con una, para mí, inexplicable expresión de serenidad, mayor que la de las muñecas dormidas. “Ella no tiene miedo” suponía yo, “no tiene vértigo ni temor de caerse porque si la alcayata se mueve vendrán los ángeles y la salvarán”. Sabía que yo tampoco tendría miedo si tuviera esa seguridad –una confianza de la que obviamente carecía- y con ese pensamiento me dormía la mayoría de las noches.

Quizás fue entonces cuando nació mi amor por los pájaros, por las libélulas, por todo aquello que puede escapar con el auxilio de sus alas. Reales o imaginadas, poco importa, no hay vértigo ni precipicio que aplaste su virtud y su gracia. Hoy, para mí, el suelo sigue estando a una distancia injusta. Me paso la vida dando empujoncitos delicados al vaso, a la galleta, al azucarero, al libro abierto siempre por el párrafo en que Juan Salvador Gaviota vuela al fin lejos de la bandada. Los empujo para alejarlos de los bordes, más por miedo a que su caída me refresque todo aquello que no puedo hacer que por atajar ningún otro temor reciente o antiguo.

Pero hace tiempo que conseguí construirme ciertas armas pacíficas para el combate. Alas, sin plumas ni cera, sin furia ni ambición, para que la violencia del sol no tenga potestad alguna sobre ellas. Repito mi idea como un mantra, sólo mis alas me sacarán de mí. Fabricadas a base de sueños, descabellados unos, realizables otros, de fe serena y poesía, de fantasía, de dolor y de lágrimas, de libros amigos.

Sólo mis alas tienen la habilidad de mantenerme, si no física, espiritualmente de pie ante el vértigo de lo venidero. Sólo ellas me permiten sostener la mirada penetrante del abismo.



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¡Hola! :-) ¿Cómo estáis? He mirado la fecha de la entrada anterior y no puedo creer que haya pasado tanto tiempo, no voy a decir lo de "parece que fue ayer" porque me parece una expresión poco original :-) Pero realmente apenas he notado que ha pasado más de un mes. Como siempre, expongo mis eternas excusas: estoy estudiando inglés, diseño gráfico, trabajando en el otro blog que me propuse actualizar con trabajos nuevos al menos cada dos días, estoy escribiendo otro cuento para niños, haciendo scrapbooking, labores de aguja por las noches y... sí, de vez en cuando, como algo y echo una cabezadita jaja :-D

El texto que introduce la entrada es un artículo que he escrito para una revista literaria, espero que no me abronquen por dejároslo aquí en exclusiva :-) Trata, como veis, sobre mis también eternas obsesiones. Ya me habéis oído hablar de todo eso antes.

Abajo os dejo algunas tarjetas que he hecho para la family, por si os da ideas a las escraperas y escraperos que me siguen. No olvidéis clicar sobre las imágenes para agrandarlas.

Espero regresar un poco antes la próxima vez :-)





Unas son de navidad, otras de cumple :-)



Es una tarjeta navideña muy sencilla, como veis, pero queda muy fina y elegante. Hice una "estrella de nieve" de crochet y sobre ella pegué un lazo rojo, cuerda de embalar y una flor con los colores de la Pascua que también hice yo misma con cartulina.



En el interior pegué un trozo de papel para scrapbooking rasgado y un par de "sellos" con motivos navideños de otras épocas. El tampón de correos lo hice con un sello acrílico y tinta Distress. Abajo lo podéis ver en detalle.


El fondo de la tarjeta está hecho con un estampado con sellos acrílicos y un embossing de polvo relieve transparente. Como veis, queda muy brillante. Gloria me ayudó a hacerlo :-)



Esta de abajo es una tarjeta de cumpleaños que hice en octubre para mi hermano. Le cayeron 40 orondas castañas :-) No sé cómo sigue en pie. (Mi hermano, no la tarjeta ni las castañas).


La Pin Up la encontré en la red, está pegada, como veis, en relieve. Mi hermano es un forofo motero. Hay gente para todo.



Y esta postal divertida es la última que hice, la acabé hace sólo unos días, y es para mi sobrinillo Dani a quien le han caído sólo cuatro castañitas. No le han hecho daño ni nada.



Dani es forofo de Spiderman :-) No sé qué le ve a ese monigote tan feo, pero le encanta.





Como siempre os digo, no dudéis en copiar las ideas que os gusten.
Un millón de besos a todos y feliz Adviento.

09 septiembre 2011

Niña que baila con el mundo al fondo





Últimamente mi sobrina se pasa el día bailando. Tiene nueve años y lo baila todo, sin discriminar, desde la música de sus juegos de ordenador hasta la banda sonora de los anuncios de galletas. Siempre es igual: cuando oye los primeros compases, abandona sus quehaceres de niña-callada-con-inquietudes-artísticas y, en silencio (como lo hace todo), comienza a girar por el salón elevando los brazos como si quisiera alcanzar un pájaro que sólo ella ve.

A veces, muy de tarde en tarde, me dice: “Ana, mírame”. Y yo dejo mis quehaceres de mujer-madura-con-tareas-repetitivas y la miro, abrazada a las notas, girando sobre sí misma, como un planeta virgen y desvalido.

Y le susurro al Tiempo que es un condenado bastardo :-)

Un día, después de una de estas espontáneas sesiones de baile, escribí esta cosa desbaratada que os dejo hoy, y que pretende ser un poema en prosa. No lo es, tiene un ritmo desastroso así que lo dejaremos en “reflexiones desordenadas dejadas caer al tun tun”. Es curioso que cuando escribo sobre mis sobrinos no consiga sacudirme de la pluma ese maldito tono de “profeta alucinado”, completamente prohibido en la poesía moderna.


Va a ser que no soy moderna :-) Lo sospechaba…


Las imágenes deberían ser un gif (imágenes en movimiento) pero no lo son :-(( Hace dos años, cuando era una bloguera pipiola, podía hacer gifs y conseguir que se movieran. Ahora sólo se mueven en mi pc. Habré desconfigurado algo, si el asunto valiera la pena me pondría triste y todo.


Mucha letra junta otra vez. Disculpadme.

Besos.
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"Pero ahí está la poesía:
de pie contra la muerte"
Juan Gelman


Gloria gira.

Expande sus brazos como una hoguera nueva y no sabe que su gesto está obedeciendo un código antiguo nunca escrito. Ella se piensa hada, velero o petirrojo. Libre, en todo caso, pero luego se tropieza con sus propios pies, casi toca el suelo, se levanta y se recoge el pelo en una horquilla con una adulta habilidad que me sorprende.

Gloria baila.

No sabe nada aún de la Vida y sus impulsos y, sin embargo, toda ella se está sometiendo a una orden atávica que la prepara ya –tan temprano- para extenderse un día, más allá de sí misma, a los millones de seres en cierne que trazarán su vestigio sobre el mundo.

Y ella no lo sabe…

Mientras Gloria gira, el latido terco de la Tierra le va tirando del corazón como un pescador que demanda sus redes. Y la niña inocente, se inclina, sumisa, -bailando, bailando- a sus designios.

Gloria se mira en el espejo, coqueta, fascinada, sin comprender que la perfección nunca es un don gratuito. Después se prueba mis sortijas, se pone colorete, se queja del color de su pelo, ensaya, sin saberlo, ciertos ardides de araña primeriza que le serán muy pronto, demasiado pronto, necesarios. Experimenta, en fin, para que la naturaleza la halle dispuesta cuando la llame a su juego.

Y ella no lo sabe…

Ella sólo obedece a la memoria de siglos que se abraza a sus venas. Baila, baila y me pide que la mire. Yo la miro y respiro por sus piernas, mientras adivino otras danzas remotas que, desde el caudal de su cuerpo, van subiendo, río arriba, hasta la fuente original de la Historia.

Y ella no lo sabe…

Gloria baila. Como el pinzón y la ardilla en sus abriles, como el bantú y el masai ante sus hembras, como el jaguar y las abejas, como todos… como yo antes de todo. Gloria practica una lección natural que aún no ha aprendido y baila y baila, mientras, ya sin esperanza, yo trato de reconocer en la sombra elegante de sus brazos al bebé quebradizo que dormía entre los míos.

La disfruto mientras tanto. Apuro los minutos hasta que la Vida porfiada llame a su puerta con voz de mando y el afán de prolongarse le grite su orden definitiva. Hasta que todo suceda, yo la miro, la cuido, lamo sus pestañas con mis ojos, la quiero y… Sí, a veces me levanto, la tomo de las manos y bailo con ella.

Y ella no lo sabe…


01 septiembre 2011

"Copias". Relato breve

"Marilyn Monroe" de Andy Warhol. Seguimos con el Pop Art ;-) Ya pararé.




¡Hola! :-) Pues aquí estamos de vuelta, como siempre, la piel más o menos con el mismo tono, que no es una aficionada a retostones gratuitos, pero el resto del body algo más descansado. Aunque no creáis que he perdido el tiempo. Lo bueno del dolce far niente es que, mientras las manos sestean, la fantasía campa por sus respetos, así que he aprovechado que me llevé el portátil para practicar el relato breve. Se trata de un texto inspirado en mis reflexiones veraniegas :-) Recordé que el año pasado, al menos por estos mis lares, se pusieron de moda unos pendientes espantosos. Y, como suele ocurrir, además de espantosos, eran ubicuos. Los veía por todas partes, en todas las tiendas, en todos los puestos callejeros, en todas las orejas. Sólo les faltaba formar parte de la bandera de Chipiona. Desde mi punto de vista, les sentaban mal a todo el mundo. A las señoras de mediana edad las hacía parecer ancianas y a las chicas jóvenes las hacía parecer señoras de mediana edad. Sobre gustos, desde luego, no se ha escrito ni una coma, pero es curioso que, dada la ingente variedad de bisutería asequible que suele venderse en verano en las zonas de playa, a todo el mundo le diera por comprar los mismos horrendos pendientes. Bueno, no… no es tan “curioso” :-(

Pues esta tontería me dio pie para hacer una reflexión, otra más, sobre la inefable capacidad del ser humano cuando se trata de imitar las habilidades del camaleón, animalito éste al que, se supone, dejamos atrás hace millones de años en nuestro proceso evolutivo… Pero no, se diría que sigue enroscadito, con su colita rizada y su lengua prensil sesteando tan ricamente a la sombra de nuestro hipotálamo. A las pruebas me remito. Y si nuestro afán mimético se limitara a cuestiones de joyería barata, el tema ni siquiera sería digno de mención…

Por aquí os dejo, pues, el cuentito. Quizás es pelín largo, lo siento :-( y bastante irónico, también lo siento, me vuelvo más mordaz a medida que me hago mayor, pero es que no tengo otra cosa “nueva” que ofreceros. Miss Erato no da señales de vida y yo estoy cansada de llamarla a grito pelado desde mi balcón, que ya pega el relente por las noches y además los vecinos se me quejan. 

En fin, mucha letra junta, pero así tenéis con qué entreteneros hasta que regrese ;-)
Estamos de vuelta.
Hasta pronto, mil besos.
Ana

-o-o-o-o-

Copias

"Todos nacemos siendo originales
y morimos siendo copias"
Carl Jung


Camilo nació con dos brazos. Su madre, mujer llorosa y rezadora, atribuyó a la Providencia aquel castigo cruel como pago merecido por algún yerro difuso y pretérito. Su padre, hombre escéptico y bigotudo, devoto militante de la Nada, consideró que, simplemente, éstas son cosas que pasan. Sea quien fuere el culpable del atropello, lo cierto es que Camilo nació con dos brazos, anomalía ésta que le causaba no pocos resquemores y zozobras. Para empezar, diremos que Camilo creció sintiéndose observado. Cuando le miraban por primera vez los otros niños -esas criaturas perfectas, cada uno con su único brazo moreno y robusto colgándole del único hombro como una herramienta lustrosa- les sobrecogía a todos por igual un pasmo indisimulado, como es siempre el pasmo de los críos. Y ese pasmo redondo y sin fisuras hería profundamente el delicado corazón de Camilo.

Por suerte, cuando los chicos se acostumbraban a la visión extraña de su cuerpo deforme, el pasmo desaparecía y solían requerirle a menudo para sus juegos de equipo, porque se daba la curiosa circunstancia de que el brazo extra de Camilo suponía una ayuda, también extra, en ciertas disciplinas como el balonmano, el baloncesto y el tenis. En cambio, Camilo nunca destacó jugando al fútbol, pues tenía el doble de posibilidades que sus compañeros de tocar inadvertidamente el balón y cometer falta, algo que hacía a menudo. Sin embargo, a pesar de sus éxitos en el terreno deportivo, Camilo no se sentía feliz. De hecho, él hubiera deseado mil veces ser normal, aunque no hubiera servido más que para empujar canicas o dar patadas a las latas abolladas que iba encontrando por las aceras.

Más tarde tampoco fue feliz. Ni los éxitos profesionales ni su salud de hierro ni el amor verdadero, nada consiguió sacudirle del corazón aquella chiclosa amargura. A sus treinta años recién cumplidos, Camilo se sentía profundamente desdichado. Cada mañana se miraba desnudo al espejo y observaba aquella terca tara, aquel miembro fatalmente repetido, la simetría forzada de su cuerpo. Entonces maldecía su imagen y se preguntaba “¿Por qué? ¿Por qué?...” con una furia impropia de su apocado carácter. Aquella traición genética le convertía, pensaba él, en un monstruo de feria, la mujer barbuda, blanco de miradas y cuchicheos y, lo que más le hería, en pasto de la complaciente compasión ajena. Camilo se sentía un engendro y lo era, o, al menos, ese mensaje interlineal le lanzaban a diario los anuncios publicitarios donde jóvenes sublimes y bien formados imponían al observador un canon general de belleza definitiva.

A veces, Camilo buscaba la paz deseada en las librerías. Mientras caminaba entre los estantes ocultando la extremidad intrusa bajo sus ropas, encontraba siempre algún ejemplar polvoriento de autoayuda cuyo autor aseguraba que bastaban diez lecciones para que sus lectores aprendieran a atarse los cordones de los zapatos, con lazada incluída, en menos de un minuto, un logro éste que la Humanidad llevaba persiguiendo desde la invención del calzado. Pero sólo Camilo y aquellos que sufrían su misma discapacidad eran “capaces” de atarse ellos mismos los cordones, con lazada y todo, en dos fracciones de segundo. De todos modos, aquella nimia pelusa de orgullo era un mosquito en un vendaval; hacía poco ruido y en seguida se apagaba. Y es que, al salir de la librería, Camilo tropezaba indefectiblemente con una multitud observante, pasmada y compasiva que le recordaba su condición de error-horror biológico.

Después estaba el problema de Irene. Su novia, tan bella y silenciosa, con aquel cuerpo irreprochable y su único brazo, sano y flexible como la rama de un manzano joven. Irene reconocía que acomodarse en el centro del circuito cerrado que formaban los dos brazos de Camilo era infinitamente más agradable que ser abrazada por uno solo. Reconocía que las cotas de placer que alcanzaba al ser tocada por dos manos a la vez, acariciada por diez dedos al unísono, eran superiores a la pobre experiencia que suponía el ejercicio de la intimidad con un hombre normal, de un solo brazo. Pero, tarde o temprano, había que salir a la calle y era allí donde su amor era sometido a prueba. Irene llevaba mal las miradas de extrañeza de los adultos, el citado pasmo redondo de los niños, el meneo grave de cabeza de los ancianos que no entendían que una chica tan agraciada hubiera elegido a un hombre disminuido para compartir su vida.

¿Disminuido? ¿Qué sabían aquellos viandantes anónimos de la ternura y el bien que anidaban en el corazón de Camilo? Irene no conocía a ninguna pareja normal que se amara tanto como se amaban ellos. De hecho, la mayoría de sus amigas se llevaban bastante mal con sus parejas de larga duración, a las que seguían unidas por puro convencionalismo, costumbre, temor o pereza. La rutina no sabe sumar, le es indiferente el número de brazos y acaba pulverizando toda pasión por igual. Pero Irene amaba a Camilo. Al fin y al cabo, ella no quería vivir un anuncio, no aspiraba a una dicha-escaparate de treinta segundos, no pretendía ser admirada o envidiada por aquellos viandantes anónimos. Ella quería una felicidad duradera, como todos, y, hasta ese momento, sólo Camilo se la había proporcionado. ¿Por qué, entonces, se sentía tan incómoda a su lado?

Por supuesto, Irene no confió a su novio ninguna de sus zozobras en este sentido, pues lo último que deseaba era herir sus frágiles sentimientos. Pero tampoco era necesario. Cuando paseaban de la mano por la calle, él podía percibir su incomodo de una forma tan rotunda que casi parecía sólido. En realidad ella y él no formaban una pareja, sino un trío. El azoramiento de Irene era un personaje más, rudo y mostrenco, caminando entre los dos por las aceras, ocupando otra butaca a su lado en el cine, otra silla a su misma mesa en los restaurantes. Y él la amaba demasiado para permanecer impávido ante esta situación, no quería que ella se sintiera así, tenía que hacer algo...

Fue un martes por la mañana. Mientras esperaba el autobús, Camilo observaba un anuncio pegado en la marquesina con más atención de la que suele prestarse a estas cosas; una pareja colosal, de una belleza asfixiante, le miraba desde su sueño de papel sonriendo su falsa alegría con un halo solar en la mirada. Todo el anuncio era un tributo a la juventud, a la perfección, a la belleza y al Photoshop. Ambos sujetaban en su única mano una botella de un conocido refresco. “Todos lo beben ya, ¿y tú? No te quedes fuera” rezaba el previsible slogan. “Sí”, pensó Camilo, “yo me quedo fuera, yo siempre he estado fuera, soy diferente, un alienígena, soy distinto en una sociedad que condena lo único”. En ese instante, a su espalda, un hombre que no había reparado en su tara le estaba diciendo a alguien: “Yo prefiero que me salga otro brazo a vivir con mis suegros”… Era sólo una frase hecha, un latiguillo común que había oído mil veces y que casi nadie decía con intención de ofender, pero aquel martes por la mañana esa expresión coloquial actuó en Camilo como un revulsivo. “¡Se acabó!” gritó su silencio, "no quiero seguir así, yo quiero ser como todos, quiero pasar inadvertido o que me adviertan sólo por ser más igual a los demás que nadie, quiero dejar de ser yo, quiero ser los otros”. 

El cirujano le desgranó cada uno de los peligros que entrañaba someterse a una operación de tal calibre. La amputación quirúrgica de una extremidad superior por razones de estética era una intervención relativamente frecuente y popular, aunque Camilo sólo recordaba haberse encontrado tres o cuatro veces en toda su vida con otro hombre que sufriera su misma discapacidad. Cuando esto ocurría, Camilo bajaba los ojos de inmediato para no tropezar con la consabida mirada de piadosa complicidad que tanto detestaba.

Por suerte, todo fue bien y, cuando despertó de la anestesia, Camilo lloró de gozo. Irene, a su lado, iluminaba el amanecer de su nueva vida con el sol naciente de su sonrisa. Su novia no le animó de forma explícita para que diera el paso decisivo de operarse, pero, ahora que todo había pasado, se sentía secretamente aliviada. A partir de ese instante de gracia ya podían considerarse una pareja normal. Adiós a las miradas de desaprobación y a los cuchicheos de los adultos, adiós al meneo de cabeza de los ancianos, adiós al jodido pasmo de los niños… Ahora ya tenía un novio como el de sus amigas y vecinas, ya podía considerarse feliz y en paz...

En ese instante de dicha, Irene aún no sabía que jamás volvería a tener un orgasmo con su pareja, aquellos orgasmos radicales que las caricias dobles de Camilo le proporcionaban con una facilidad inusitada, quedaron para siempre en el pasado. Tampoco sabía que su amado sería despedido de la empresa donde trabajaba a causa de su insuperable torpeza con los teclados y demás adminículos informáticos, torpeza que, al volante, provocaría tres accidentes, uno de ellos gravísimo, que le recluiría en el hospital durante semanas. Camilo tampoco volvería a jugar al tenis, al baloncesto, al balonmano, al golf o al voleibol, Camilo tuvo que renunciar a muchas cosas, pero nada de esto importaba ahora. Daños colaterales, predecibles. Lo único que realmente importaba era que ya podían considerarse una pareja normal, por fin. Nor-mal, se repetían los dos mentalmente, paladeando la palabra como un dulcísimo caramelo de frutas tropicales. Normal, normal, normal, hermosa, clónica, simétrica, aburrida, estúpidamente normal.

Cuando le quitaron los puntos y la cicatriz comenzaba a desdibujarse, una mañana de noviembre Camilo se miró desnudo al espejo como solía. A estas alturas ya habrán adivinado que Camilo era un bendito y que sufría más de una minusvalía: le sobraba un brazo y le faltaba personalidad. Por suerte, la segunda minusvalía, aunque grave, no era muy visible, y, por tanto, porque no se veía a simple vista, le importaba un rábano. Por el contrario, gracias a esta segunda tara, Camilo se sentía ahora el hombre más feliz de la tierra. El más feliz, el más seguro, el más dispuesto y el más gloriosamente repetido.

Miró por la ventana y observó a sus congéneres que pululaban laboriosos haciendo girar el mundo con su cotidiano esfuerzo. Le parecieron venerables hormigas uniformadas y sonrió beatíficamente al sentirse, por fin, integrante por derecho propio de un rebaño tan bello y homogéneo.

Aquella mañana, Camilo tardó diecinueve minutos en atarse los cordones de los zapatos.

Eso sí, con lazada y todo.

27 abril 2011

La marca de Caín

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"Y Caín se fue de la presencia de Yavhé y habitó en la tierra de Nod,
al Este del Edén"

Génesis 4, 16




Debía rondar los sesenta. Era un hombre pequeño, humilde, recortado, de una alegría pulcra y contenida. Su mirada boscosa andaba a medio camino entre el cinismo y la certeza. Era esa mirada que muestran siempre los que vienen de vivirlo todo y van de ese Todo, colmados ya y serenos, a la placidez de la nada. Tenía el pelo muy corto y blanco, una nevada capilar sin noción de fronteras, que se extendía a su rostro abrazándolo en una barba albina no del todo descuidada. Era artista y artesano. Hacedor de pequeños prodigios en cartón y gomaespuma, en tela y acrílicos, en lienzos y maderas. Sabía extraer flores de maneras exóticas de los materiales más bastos. Sabía dar vida a marionetas y amaneceres. Sabía pintar libélulas. Era evidente, en fin, que había pactado una firme alianza con la Belleza, que se le rendía, desnuda y sumisa, como a un amo protector.


Caminaba con dificultad. Pero era una dificultad antigua, tempranera, no relacionada con la embestida de los años en los huesos. Se presentó y me tendió su mano hacedora de prodigios por encima de su tinglado ambulante atestado de pequeñas magias.


No recuerdo su nombre.


—Vi tus cuadros en la exposición —afirmó, cuando le dije el mío— Supe que estabas en esa silla de ruedas antes de conocerte. Tus cuadros me lo dijeron.


—¿Y cómo se lo dijeron? —pregunté, más por cortesía que por curiosidad.


—En nuestro idioma —contestó, y en su mirada, el cinismo y la certeza, abrazados, se apartaron para dejar un hueco a una diminuta claridad.


—¿”Nuestro” idioma? ¿El idioma de quién?


—Los que llevamos la marca de Caín nos reconocemos unos a otros. Unos aprenden a hacerlo antes, otros después. Pero todos acabamos reconociendo a un hermano aunque sólo veamos de él la estela errante que su paso va dejando por el mundo.


Sonreí otra vez por cortesía y traté de no creerle. Me despedí del anciano mago y de su puesto de prodigios. La muchedumbre y las horas me alejaron de su recuerdo durante el resto del día. No le volví a ver.


Traté de no creerle…


Pero, desde entonces, cada vez que mis pinceles acarician la tela, siento una punzada candente, como una llama infinitesimal, la punta de un alfiler encendido, invisible y certero, en el centro de mi frente.



03 febrero 2011

Esperanza

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A Reme,
que se sabía la tabla periódica mejor que nadie :-)




Yo no bebo Coca Cola. No lo hago desde que tenía 14 años y cursaba 2º de BUP. Teníamos un profesor de Ciencias que las jóvenes generaciones calificarían hoy como "molón" :-) Se llamaba Mariano, era de Valladolid y era un progre de libro, pero con un corazón donde cabían mil hectáreas de naranjos. Una buena persona. Mariano era vegetariano y comunista, hablador y simpático. Era miope, tenía un desmadejado bigote amarillo y la piel descolorida y surcada de venas azules que lucen los que deciden tomarse a pecho aquello de que comer carne es una afrenta contra la vida. Se había propuesto no decir palabrotas, aunque nunca consiguió su propósito, pero aún así contó con nosotros para ayudarle en aquella difícil empresa: nuestra misión era reñirle cada vez que soltara un taco. Tarea ardua, pues solía ir a un ritmo de tres exabruptos por minuto. En cierta ocasión, allí, ante la pizarra emborronada de fórmulas incomprensibles, se detuvo en seco en mitad de una frase cuando exponía no sé qué sobre los ácidos y las bases. Se tapó la boca con ambas manos y dijo algo que sus alumnos todavía hoy recordamos divertidos cuando nos encontramos veintiséis años después: "¡Mierda, ya iba a decir cojones!" :-)

A Mariano no le gustaba la Coca Cola. Aunque reconocía que no le desagradaba su sabor, Mariano no bebía nunca Coca Cola porque la consideraba un "símbolo" de todo lo detestable en aquellos decisivos tiempos de la Guerra Fría. Hablaba sobre este refresco como si fuera realmente uno de los muchos hilos que formaban la tela de araña que el Imperio extendía sobre el mundo habitado para apresar a sus confiadas víctimas. "Beber Coca Cola es un modo de conformismo" solía decirnos, "un modo de aceptar que son ellos los que mandan". Por supuesto, Mariano tampoco entraba nunca en un Mc'Donlads y, seguramente, ni siquiera comía palomitas en el cine, aunque las fabricaran en Tomelloso :-) con tal de no extender las maneras del Enemigo. Nosotros le escuchábamos su discurso radical, exagerado y salido de madre, con el éxtasis propio de una edad en la que todo es exaltado, las emociones, los sentimientos, las ideas y las palabras.

El caso es que Mariano consiguió llevarnos a su terreno a muchos de nosotros, que dejamos de beber Coca Cola, más por imitar al profesor molón que por una auténtica convicción antiamericana.

Lo que no sé es si más de veinte años después de aquello, algunos de mis ex compañeros siguen manteniendo la promesa :-) Yo sí. No soy antiamericana, tengo muchos amigos en aquel país que daría la mitad de mi biblioteca por poder visitar alguna vez. Pero no bebo Coca Cola. Hace algún tiempo, en una fiesta de cumpleaños, alguien me pasó un vaso del popular brebaje. Estuve a punto de tomar un sorbito, pero cuando ya tenía los labios en el borde de plástico me acordé de mi viejo y querido profesor de Ciencias, al que nunca volví a ver. Durante un minuto, traté de buscarme en aquella época, en la niña débil y comprometida, rojeras, intelectual y soñadora que era entonces, la niña que leía a Marx y a Shakespeare, la niña que abominaba de Dios en público y rezaba a escondidas... y sonreí. Devolví el vaso a la mesa y mentalmente me dije: "Va por ti, Mariano". Por él y por mí, por la adolescencia, por todos los paraísos perdidos, por el tiempo de la alegría, cuando éramos felices sin saberlo.

Eso sí, creo que los anuncios de Coca Cola son los más hermosos que se ven en la caja tonta. Desde luego, tienen dinero para pagarse a los mejores creativos en el campo de la publicidad, pero lo cortés no quita la valiente y tengo que reconocer que los anuncios de Coca Cola siempre me han emocionado. Lo malo es que no suelo ver la tele, así que nunca los pillo en primicia, pero, afortunadamente, siempre hay alguien que me ofrece lo que necesito sin pedirlo. En este caso ha sido mi amiga Admira, quien me ha enviado este video que os traigo hoy, y que vosotros, supongo, sí que habréis visto ya.

El mensaje es sublime, y casi necesario. Tened esperanza. Por favor, si contempláis un paisaje de una belleza extraordinaria, pero hay una caca de perro en primer plano sobre la hierba :-) no os quedéis mirando la puñetera caca hasta que las retinas, el corazón y el alma se os llenen también de mierda. Elevad la vista y dejad que vuestros ojos se columpien de las ramas de los árboles, a la luz del bien y del día. Enfocar tozudamente lo oscuro es sólo un modo de agrandarlo. Los fantasmas viven de nuestra atención.

Ya sé que hay mucha "caca" :-) y que se ve muchísimo. Pero también hay mucha belleza y bondad, mucha alegría minúscula y cotidiana disfrazada de nadería, pero presta a endulzarnos la peor de las jornadas. No las perdáis nunca de vista. Tened esperanza.

Un beso grande.



17 enero 2011

Mona Lisa

Mona Lisa. Dibujo al pastel

Hacía tiempo que quería hacer un trabajo sobre fondo negro. No lo he hecho muchas veces y tengo que perfeccionar la técnica, así que espero sepáis perdonar los múltiples fallos. Está realizado con pasteles Faber-Castell sobre papel Rembrandt de 130 g/m2.


Os dejo también un artículo que he escrito para la revista "Agitadoras" en la que a veces colaboro.


Besos! :-)

.... o ....

Sobre ella se ha escrito tanto que todo lo que añadimos huele a sobrante desde antes de apoyar el dedo en la tecla. La Gioconda, la Mona Lisa, la bella extraña de Leonardo, ha sido y es motivo de despilfarro de tinta e imaginación desde hace unos cuantos siglos. Se ha dicho de todo sobre ella: que era una vecina secretamente enamorada del artista, que era sólo una fémina imaginaria que habitaba en la humeante fantasía de Da Vinci, que era el mismo Leonardo, pero con más pelo en la cabeza y menos en la cara. Ha sido protagonista de mil y un relatos, de libros interesantes y bien documentados y de otros infumables e indigestos pero que nacieron ya marcados con la inefable suerte del tonto y se convirtieron en best-sellers para mayor gloria del mal gusto y la frenopatía. De todo tiene que haber en la biblioteca del Señor.

Supongo que, a pesar de su merecida fama de visionario, Da Vinci jamás “visionó” que este delicioso cuadrito de poco más de 70 x 50 cm. se convertiría varios siglos después de su muerte en un icono de la cultura universal, el referente por excelencia del Arte atemporal, la diosa callada y burlona hacia cuyo santuario francés peregrinan miles de devotos cada año, quizás con el íntimo anhelo de entrever un nuevo misterio en su sonrisa púdica y vaginal, en sus manos silentes, en el torbellino vertical de sus pupilas.




A mí siempre me ha gustado, la verdad, y no sólo por lo que la historia del Arte nos descubre sobre su creación y creador, sobre sus enigmas, robos y demás accidentes sino, también, porque siendo como es representante de la Belleza absoluta, la señora Lisa Gherardini estaba, reconozcámoslo, entradita en carnes… Dado el opresivo canon de belleza raquítica que se nos ha impuesto a fuerza y a sangre en los últimos treinta años, no me negaréis que la cosa tiene su gracia. En el mundo del Arte, el ideal de la Belleza sublime está capitaneada por una dama sin cejas que, según los expertos, debía medir 1’68 y pesar 63 kilos…. ¿Cómo? ¿63? ¡Horror! La Gioconda estaba – casi tiemblo al escribirlo- ¡¡gorda!!... “Claro”, pensará alguna voraz depredadora del Cosmopolitan “seguro que mezclaba hidratos de carbono con proteínas”. Pues sí, seguro. Y seguro que no hacía pilates ni jogging ni footing ni spinning ni memuerodehambring, que es lo más barato. No, la señora de don Francesco del Giocondo no era una de esas comerrábanos que ejercen un control férreo y enfermizo sobre su consumo diario de calorías como si en ello les fuera su prestigio, su honor y hasta su vida, una de esas señoras a las que la autoinanición les ha agriado el carácter que tenemos que sufrir los y las que no disociamos la manduca y aguantamos su mal humor anémico mientras nos papeamos el filete con patatas del mediodía. Sí, la bella sobre las bellas estaba gorda, y por eso la adoro :-)

Pero, ay, qué poco duran las alegrías en la casa del pobre… No hace mucho, uno de esos “expertos” metiches y aguasueños que tanto abundan enarboló en todas las televisiones su teoría sobre la posible enfermedad de doña Lisa, una enfermedad de nombre impronunciable que le causó “inflamación en las mejillas, párpados y manos…” Mi gozo en un pozo. Al mismo tiempo que las voraces depredadoras del Cosmopolitan suspiraban de alivio, yo me hundía en la miseria. Doña Lisa no estaba gorda, estaba mala. De esta forma el canon opresivo de belleza raquítica salvaba el trasero. Mantenemos, pues, que es absolutamente obligatorio estar delgado, que es justo y necesario y que si la diosa leonardina no lo estaba no era porque el maestro florentino pretendiera reivindicar un modelo de belleza inadmisible, sino porque la mala salud de la modelo no le permitía rendir el culto debido a la talla 38.

El experto metiche se quedó tan ancho, las comerrábanos siguieron pasando hambre sin un atisbo de culpa, la tierra siguió girando y el universo siguió en su sitio. Tranquilos, todo está bien.

A veces pienso que esta época nuestra con todas sus paradojas, su espiral de absurdo creciente, sus luchas innecesarias, su obsesión por lo accesorio, por la corrección política, por lo secundario, por el continente sobre el contenido, esta época de realities, histerismos huecos y petardeo insufrible pasará a la Historia con el nombre de “La era de la Tontería”. Y todo seguirá estando bien.

Y ya os dejo, que me cierran el gimnasio.



31 octubre 2010

Noviembre


Reordenando mis papeles encontré anoche este artículo que escribí allá por 1997 para un periódico local. Como no creo en las casualidades me pareció que el hecho de que el texto tratara justamente sobre la fiesta que se celebra mañana era una especie de "señal" :-) Así que para no desobedecer a lo Invisible aquí os lo dejo, confiando en que sabréis perdonar los fallos propios de una escritora de 28 años que, aunque llevaba toda la vida escribiendo, aún no había aprendido a sacudir de su pluma la influencia de sus poetas favoritos.

La calabaza de la foto la ha hecho mi sobrina. Desde que tenía tres años, suele pegar sus creaciones en una pared del salón, excesivamente visible para mi gusto :-SSS ;-)

Feliz Halloween para aquellos que lo celebréis. Feliz puente para todos.


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Escribía Juan Ramón Jiménez en una de sus obras más populares que, para él, el otoño era un “perro atado, ladrando limpia y largamente en la soledad (…) al sol del ocaso”. Ignoro a qué era debida esa recóndita melancolía que producía en el alma del poeta moguereño la llegada de los días amarillos. Sería demasiado complicado para mí dilucidar los enigmas que laten agazapados en el centro mismo de la poesía juanramoniana, y una no está para tales elucubraciones. Pero sí sé que el otoño provoca esa misma tristeza en mucha gente, como si la fuerza rotunda de la estación tuviera la capacidad, la virtud o la mala idea de deshojar los corazones con el mismo delicado ímpetu con que desnuda los árboles.


A pesar de esto, todo el mundo parece estar de acuerdo en que Noviembre es un mes pacífico de tibias dulzuras y blandas alegrías. En Noviembre, el recuerdo áspero del fin del verano y la inevitable transición al otoño se va quedando atrás, por fin, definitivamente olvidado en la cuneta gris de septiembre. Ahora, la brisa es demasiado fría y el sol demasiado perezoso para que el brillo de un verano, ya pasado, venga a decolorar la dorada pureza del instante. El aliento de Noviembre se desliza ya sobre la tierra y los hombres, perfumando el aire con aromas cálidos, evocadores de otro tiempo, cuando el mes de Todos los Santos venía laureado de fiesta, cuando de los crisantemos del camposanto se pasaba a la algarabía de la matanza del cerdo, anticipando así la explosión atávica de las celebraciones del solsticio. En efecto, he leído en alguna parte que los antiguos empezaban a celebrar la Navidad el once de noviembre, festividad de San Martín, fundiendo así en una extraña simbiosis la esencia de la Muerte y de la Vida.


No soy aficionada a matanzas ni cementerios, pero aún así, no puedo evitar que Noviembre me envuelva con sus vapores serenos de hogueras tempranas y brumas arrecidas, y dejo que un año más me impregne piel y espíritu con su olor a lluvia en remanso, a castañas asadas, a niebla, a asfalto mullido de hojas y de ausencias.


El perro atado de Juan Ramón retoza libre en mi jardín oculto. Pero no ladra hacia el ocaso, sino que mantiene intacta su esperanza sobre las sierras del Este. Es de allí, al fin y al cabo, de donde habrá de surgir el alba de diciembre y, con ella, la Estrella de la Mañana y el triunfo definitivo de la Luz.


04 abril 2010

La joven de la perla




Vermeer debía creer en la posibilidad de la permanencia. Debía pensar que es posible sobrevivirse a sí mismo desbaratando, una a una, las viejas argucias del Tiempo. Sólo así se puede vislumbrar el secreto de la simbiosis perfecta entre luz y melancolía que, desde hace tres siglos, se enciende a fuego lento en la inocencia de esos dos iris. Quien la comparó con la otra bella extraña, la de Leonardo, agredió la frescura perenne de esa boca donde se diluye en saliva cierto resplandor nórdico, procedente de una ventana, no visible en el cuadro, pero que, aún así, nadie podrá cerrar jamás.


El hombre es el único ser con anhelo de persistencia. Quizás porque es, también, el único ser que sabe de arrogancias y vanidades. El arte es uno de los escasos aliados que le sirven en su ancestral empeño por enraizarse en la historia con la firme tozudez de una catedral románica.


Consciente o no de ello, Vermeer aspiró también a la trascendencia. Pero al maestro le bastó la luz sombría de Delft, el auxilio dócil de sus pinceles, y el guiño cómplice de una perla para firmar su particular convenio con la eternidad.





"La joven de la perla" de Johannes Vermeer


Feliz Pascua a todos :-)

29 marzo 2010

Cinco minutos

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Prácticamente no veo televisión, así que tampoco veo publicidad televisiva. Conozco su utilidad, la necesidad de las grandes compañías de ampliar mercado e informar a los posibles clientes sobre sus productos en un medio tan popular. Pero no acostumbro a prestar demasiada atención porque cada vez que lo hago tengo la sensación de que “alguien” en la sombra me está agrediendo de forma sutil pero efectiva, alguien que, curiosamente, siempre “veo” oculto en un lujoso despacho con aviones y rascacielos al fondo, con una media sonrisa burlona, con los brazos cruzados por detrás de la cabeza y fumando cigarrillos caros con boquilla. No sé si os pasa a todos. Hay spots publicitarios que me parecen un auténtico insulto a la inteligencia. Otros son artísticos, sí… Y a veces son ambas cosas a la vez. De todas formas, si decido escribir algo sobre la publicidad no tengo más remedio que dedicarle algo de atención. Y eso es lo que hice anoche: reuní ganas, aparté tedio, y les permití robarme cinco minutos de algo que considero sagrado, no porque sea valioso, sino porque es una de las pocas cosas que de verdad poseo: mi tiempo.


Después de cinco minutos tuve bastante, apagué la tele y decidí hacer una lista de los mensajes erróneos (a veces subliminales, a veces absolutamente directos), las inexactitudes, las exageraciones, cuando no las mentiras descaradas que vi y escuché en tan corto periodo de tiempo, pero que son un botón de muestra de toda esa exposición de “valores” que cada día y a todas horas está recibiendo inyectada en vena sobre todo la gente joven, por ser, en principio, el sector poblacional más maleable. Y esto sin que podamos hacer nada al respecto. Sobre este asunto se han derramado océanos de tinta pero no pude ni quise reprimir mi humilde aportación al debate. Pensé que si alguien viniera de otro planeta totalmente ajeno a la Tierra, a su Historia y sus trajines y no se le permitiera obtener más información sobre la aventura de ser humano que aquella que ofrecen los anuncios publicitarios, el pobre alienígena llegaría, entre otras, a las siguientes, cuando menos, curiosas conclusiones:


-Si acudes a una entrevista de trabajo con el blanco de los ojos deslucido de nada te servirán tu currículum, tu talento personal o tu experiencia. Serás descartado sin contemplaciones.


-Los hombres nunca tienen gases. Sólo las mujeres.


-Los hombres nunca sufren estreñimiento. Sólo las mujeres.


-Las abuelas de pueblo ya comían pizza cuando eran niñas. A juzgar por la edad de las abuelas actuales, estaríamos hablando de la España rural de 1940 / 50.


-Ponerse cierta compresa es el antídoto más eficaz contra el mal humor y la depresión menstrual. Basta ponértela para que todo se vuelva color de rosa.


-La mejor arma de una mujer para triunfar en cualquier campo es una barra de labios.


-Los bancos sólo desean nuestro bien.


-Pasar hambre es divertido.


-Si bebes cierto refresco de cola no tendrás más remedio que ser feliz. Si no lo eres es porque te has equivocado de marca.


-Si tienes caspa no te amará nadie, no tendrás amigos, no tendrás éxito y no conseguirás trabajo. Sólo te queda el recurso del suicidio.


-Si tomas cierto brebaje seudolácteo tu corazón estará blindado y nunca sufrirás un infarto.


-Las personas feas no existen.


-Las personas discapacitadas no existen. (Y si existe alguna su única ocupación es vender cupones, ocupación que las hace rabiosamente felices).


-Los ancianos no existen (excepto la señora que comía pizza en la famélica España de postguerra).


-Las personas tristes no existen (excepto las que tienen caspa, que están tristes porque tienen caspa).


-Las modelos comen chocolate.


-A juzgar por la expresión de sus caras, lavarse los dientes produce un placer indescriptible.


-Ducharse produce un placer indescriptible.


-Afeitarse los hombres y depilarse las axilas las mujeres produce un placer indescriptible.


-Masticar cierto chicle produce un placer indescriptible.


-Lavarse la cabeza produce un placer indescriptible (excepto si tienes caspa, en este caso es una actividad traumática debido al sufrimiento moral que produce este problema).


-Beber cierto batido hipocalórico es prácticamente orgásmico.


-Si controlas tus evacuaciones, controlarás tu vida.


-Tener piel de naranja es un estigma vergonzoso. (Casi como tener caspa).


-Si conduces cierta marca de automóvil y, de pronto, se te cruza una vaca cuando vas a 150 por la autopista, la vaca se desvanecerá en el aire y saldrás ileso. Pero sólo si conduces esa marca de automóviles. Si conduces otra te estrellarás.


-Las agencias de seguros sólo desean nuestro bien.


-Tener los dientes de otro color que no sea blanco es un problema de primer orden. (Aunque no tan grave como tener caspa).


-Si te pones un parche anticallos podrás bailar toda la noche con unos tacones de quince centímetros sin la más mínima molestia.


-Estar gordo/a, aunque sólo sean unos kilos de más, es la peor desgracia que te podría suceder. Peor que tener caspa, peor que un divorcio, la separación de alguien que amas o una enfermedad terminal. Peor que el desempleo o la muerte de un ser querido, peor que el destierro, la locura o la incapacidad. Estar gordo/a es lo peor de lo peor.


Y ahí lo dejé. Y lo entendí. Hace tiempo que lo entiendo. Si los medios de masas te persuaden de que las nimiedades son problemas y de que los problemas son nimiedades (que se te cruce un animal grande cuando vas a 150 por una carretera no me parece cosa de risa) es comprensible que el ser humano se haya convertido en un engendro buscador de felicidades ilusorias e inalcanzables en los lugares equivocados, en una marioneta eternamente insatisfecha, persiguiendo siempre como ideales los modelos preestablecidos por otros. El descontento se cifra en ganancias y esto lo saben los voraces tiburones del merchandising. Cuánto más descontentos estemos o creamos estar, más elegante será la cifra del superávit.


Y también entendí todavía mejor una breve conversación que escuché de pasada en unos grandes almacenes hace algunas semanas. Los protagonistas eran dos chavales que, al parecer, hablaban sobre la nueva novia de un amigo que no estaba presente.


- ¿Viste el pantalón?, ja ja ja…

- … Le estaba estrecho, está rellenita…

- Qué rellenita, tío, está como una vaca, ja ja ja. Le salía la barriga por encima del cinturón, qué pasote… Qué cabrón el…

- Es una tía legal, es amiga de mi hermana Vane…

- ¿Y qué? También hay tías buenas legales y no vas haciendo el ridículo por la calle con “eso”.


.........



Y si este patrón de pensamiento fuera exclusivo de los adolescentes, el problema no sería grave...


....


Me voy a buscar la luz. Es primavera y el sol barre las sombras que se quedaron amontonadas en los rincones del patio tras la retirada del General. ¿De qué marca será el sol? Creo que es ésta la forma que tiene nuestra estrella de publicitarse a sí mismo: llevándose las sombras, prometiendo la claridad, prometiendo una felicidad pequeña, simple e instantánea. Sólo que él no gana nada a cambio, es un mal negociante…


De acuerdo, me ha convencido. Lo compro ;-)

Besos a todos.





La primera ilustración es mía y ésta última de Koldo Campos Sagaseta

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